EL MUNDO MÁS ALLÁ DE LOS ÁRBOLES AZULES. CAPÍTULO 2: EL CAFÉ

Cuando abrió la puerta, una sensación extraña envolvió a Jord.
¿Había estado allí antes? No lograba traer ninguna imagen a su memoria, no encontraba recuerdos, pero podía percibir cierta familiaridad en el entorno.
Frente a ella se ubicaba una única mesa, al centro de la sala. Era una mesa de tamaño mediano, más bien baja y de forma ovalada. A su alrededor, había dos pequeños sillones de jardín. Los enormes almohadones que los cubrían se veían cómodos, y el pequeño puff redondo que los acompañaba, también. A decir verdad, la combinación de colores no era del todo armoniosa, pero de alguna forma combinaba.
Una especie de jardín se asomaba por detrás de los amplios ventanales que servían como paredes laterales del café, y el espacio alrededor de la única mesa era holgado, tanto como para acomodar al menos unas cuatro mesas más.
Jord no entendía por qué habían decidido desaprovechar así el lugar.
Ahora que lo pensaba, examinó su alrededor y no vió a nadie. Ella era la única persona allí.
– Bienvenida al Café los Árboles Azules, ¡por favor toma asiento! – dijo una voz que provenía desde detrás de un mostrador, al fondo de la sala.
Jord se sentó en uno de los sillones y miró en dirección de la voz, pero no vió a nadie. Se levantó unos centímetros del almohadón, y estiró el cuello, pero aún no veía a nadie. Movió la cabeza de aquí para allá, buscando una vez más a la dueña de la voz, pero no lo consiguió.
-¡Bienvenida! ¡Eres nuestra primera clienta! ¿Que tal te parece el café?
Jord dio un pequeño salto en su asiento mullido y abrió tanto los ojos que parecía que se le iban a salir del rostro.
– Pe… pe…pero… ¿cómo? ¿de dónde?
No entendía cómo es que aquella pequeña señorita había llegado al lado de su mesa sin que ella la hubiera visto. Sí, era pequeña, pero la hubiera visto igual.
– Te ves cansada. ¿Has trabajado mucho hoy? ¿Vienes por el especial del día?
– Ehh… bueno, no sé aún. ¿Cuál es el especial del día?-. Jord seguía confundida. La joven frente a ella no dejaba de sonreír y de hablar. Era de contextura física pequeña, y manos también pequeñas.
Siempre miraba las manos de las personas, probablemente por su complejo de “dedos regordetes”, que le habían inculcado sus crueles compañeros de piano, cuando era tan sólo una niña de 6 años. Aún recordaba esas clases y las dolorosas horas de práctica, que parecían interminables. Recordaba a su maestro, en especial como golpeaba sus dedos con una vara de madera cada vez que cometía un error, y la obligaba a comenzar desde el principio. De tanto regresar llorando a la casa, finalmente su madre decidió suspender las clases. Aun así, las burlas sobre sus manos se quedarían en su memoria para siempre.
– ¿Estás bien? ¡Aquí! ¡Hola! ¿Me ves?
– Oh, vaya sí. Perdóname. Me quedé por la Luna…
– ¡Que maravilloso conocer la luna! ¿Vas seguido?
Jord la miro levantando una ceja.
– ¡No te preocupes! Enseguida te traigo el especial del día, tal como me lo pediste. ¡Vuelvo en 4 minutos! ¿Te gusta el jazz? ¿O el bossa nova? Ahh… ¿tú eres de las que gustan del rock?
– Pues…
– ¡Música clásica! ¡Lo sabía! No digas más, ya mismo la hago sonar.
Jord aún tenia los ojos abiertos en exceso. “Pero ¿qué es lo que está pasando aquí? ”
La joven camarera, de porte pequeño y voz saltarina había desaparecido una vez más. Y ahora sonaba el Nocturno Op 9 Nro 2 de Chopin.
“¡Chopin! Pero… ¿Cómo supo?”
Jord cerró los ojos. Se dejó llevar por la música. Dejo que su tensión, su incompresion, su preocupación, salieran de su cuerpo con cada respiración. Levantó una mano, luego la otra, y comenzó a tocar la pieza en un piano invisible frente a ella. Se esbozó una sonrisa en su rostro. Recordó las tardes, las mañanas y las noches en las cuales recurría a este mismo Nocturno para salvarse a ella misma de su pena. Por aquel entonces aún su Ser Azul no se había hecho visible, pero la tristeza ya había comenzado a invadirla. Excepto cuando tocaba Chopin. Cuando tocaba esas notas, sentía en su piel como el dolor se evaporaba cual sudor. Y eso mismo hacía ahora. Tocaba ese piano invisible con la misma pasión que lo hacía entonces.
– ¡ Pero que bien que tocas el piano! ¿ Te llevó muchos años aprenderte tan bien a Chopin? Mira que no es fácil eh…
Jord volvió a abrir los ojos . Sus manos quedaron congeladas en el aire. No sabía si reír o salir corriendo.
– ¡Tú sí que me caes bien! Me alegra mucho que seas nuestra primer clienta. Aquí está tu especial del día.
– Ehh… gr… gracias. Perdoname nuevamente, pero creo que olvidé de que se trataba el especial del día…
– ¡Ah! Es que te lo explique todo mientras estabas en la Luna. Claro, imagino que estando allá tan lejos no podías escucharme.
– Cla.. ¡claro!
Se escuchó un golpe en la puerta del jardín del fondo. Como si alguien estuviera pidiendo entrar. La joven miró hacia la ventana, luego miro a Jord, sonrió y dejó una nota sobre la mesa.
– ¿Qué es esto? – Jord tomó el trozo de papel en sus manos y lo abrió.
“Instrucciones para el especial del dia Recuerdame Latte: Beber tibio, si quitas la tapa de la taza mejor, porque así se enfría más rápido. Si lo bebes muy caliente no lo disfrutarás, porque el sabor te hará más efecto si tienes sensibilidad en el paladar y no si te queda adormecido o quemado. Frio no sirve, así que si notas que se está enfriando demasiado, por favor le colocas la tapa de nuevo. ¡Disfruta!”
– Disculpame, ¿qué es esto? – Jord levantó la mirada del papel. Pero la joven ya se había ido.
“Recuerdame Latte. Vaya nombre. Bah, que más da ” pensó Jord. Y quitó la tapa del vaso.
4 minutos más tarde, tomó su primer sorbo. Nada mal. Continuó bebiendo, prestando atención a la temperatura del vaso y colocando y retirando la tapa de acuerdo a las variaciones.
Miró su reloj. Las 6 de la tarde.
Bebió el último sorbo, y se levantó del sillón. Llamó a la joven, pero no hubo respuesta. Esperó 5 minutos. Nada.
” ¿ Y ahora qué hago?”- pensó.
Esperó 5 minutos más. Nada.
Tomó la nota de papel que le había dejado antes, y escribió en su reverso. “El café estuvo delicioso. Ya me tengo que ir, te he llamado pero no apareces. Aquí te dejo estos billetes, si es más la próxima te lo pago. Gracias por tu recibimiento”. La dejó sobre el mostrador.
Abrió la puerta de calle, se puso sus gafas de sol y salió.
“Oh mi Dios” – exclamó. “¿Dónde diablos estoy?

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