EL HUEVO EN LA SOPA. Y OTRAS MANERAS DE MORIRSE DE NOSTALGIA

No han sido semanas sencillas.
Bueno, a decir verdad, últimamente nada es sencillo.
Sin importar cuál sea el significado que le dan a la palabra “últimamente”, déjenme decirles que estoy refiriéndome a un “momento prolongado, que se extiende por más de una semana y por menos de un año”.
Y es así como me voy desarmando y rearmando con cada noche que llega y cada amanecer, a veces cubierta en lágrimas, otras veces al ritmo de algún tango y una copa de Malbec.
Esas pequeñas delicias que me llevan más cerca de mi tierra. Hasta hacerme un mate cocido se ha convertido en un momento sagrado, en un ritual.
Hay días que me dan ganas de salir a la calle y conversar con todos en español, contarles de mi patria, de mi gente, de mi cultura.
Decirles que lindo que es tomarse un café en una esquina cualquiera del Centro, mientras leo un libro y saboreo una medialuna de manteca.
Que de noche las avenidas se iluminan y son bellas, quiźas a ojos de otros serán bellas como las de otras ciudades, pero para los míos, son irrepetibles. Encierran recuerdos, imágenes, sonidos, olores. Caminatas con personas con quienes compartí momentos, conversaciones con amigos, corridas bajo la lluvia para alcanzar el colectivo.
Esas tardes de otoño paseando por Corrientes, buscando libros usados en cuanta librería este abierta. Los puestos de flores de la Av. Santa Fe, con sus sahumerios y sus objetos mágicos. Los bares de San Telmo, los bosques de Palermo, la Costanera.
He tenido la suerte de viajar mucho y de vivir en varios países.
He admirado paisajes y gente, y claro que he dicho que vivir en algún otro lugar sería mejor que vivir en Argentina.
Pues, retiro lo dicho.
Vivir en otro lugar es mejor que vivir en Argentina en ciertos aspectos, pero NUNCA será mejor que respirar el aire propio, ese mismo aire que entró en mis pulmones el día que nací.
Cómo explicarle a todos estos seres extraños que me rodean, que los domingos miramos la carrera de autos del TC2000, mientras hacemos asado o pasta con estofado y que comemos pan con nuestras comidas. Que tomamos vino con soda, que a la pasta le ponemos mucho queso, y que le hacemos rulito en el tenedor a los fideos largos, porque succionarlos haciendo ruido no es bien visto. Que no hay almuerzo completo sin postre y café. Que comemos queso y dulce, y dulce de leche hasta con galletitas de agua. Que tomamos mate todo el día, que el mate lo compartimos.
Que la siesta de la tarde es una delicia, y que no somos robots que estudiamos todo el día. Que la vida no es solo estudiar, que también abrazamos, besamos, acariciamos. Que hablamos de lo que nos pasa con amigos, que nos analizamos y nos graduamos de psicólogos todos en algún viaje largo de taxi.
Que si no nos gusta algo, lo decimos. Que no existe una única manera de pensar, que no todos queremos ser iguales ni vestirnos iguales.
¿Cómo les explico “Cafetín de Buenos Aires”, la mano de Dios, los pastelitos del 25 de mayo o el Fernet con Coca Cola? Que todos nos llamamos “che” o “bolu”, que la ciudad nunca duerme ni descansa, que no solo tenemos 4 estaciones, sino que tenemos montañas, playas, lagos, glaciares, selvas, bosques… todo sobre nuestro suelo.
Que los 29 comemos ñoquis y ponemos unos pesitos debajo del plato para que no nos falte el dinero, que le rezamos a San Cayetano…
Que el orgullo va más allá del fútbol, del Papa Francisco, de la reina de Holanda Máxima, Gardel, Piazzola o Borges… Que el orgullo lo sentimos en la sangre, en la pasión que ponemos en el día a día para sobrevivir en la “ciudad de la furia”. En la “garra” con la que seguimos creyendo en nuestro pueblo, en la creatividad de “atarlo todo con alambres”…
Y sí, es cierto que aquí aprendo y me adapto.
Que bueno que tengo esa habilidad.
Pero aún así, mantengo mi individualidad y mi personalidad, mi creatividad y mi esencia de ser distinta.
MI ARGENTINIDAD.
La mantengo y la defiendo, con respeto, pero sin pausa.
No son semanas sencillas.
El huevo en la sopa también me hizo llorar.
Porque era papá quien siempre quería ponerle un huevo a la sopa. Con pimienta.
Y entonces fue cuando mi mundo se quebró y me volví “piojo” de nuevo.
Cuando no quise ser ya más adulto, cuando solo quise volver el tiempo atrás.
Según los científicos, el tiempo puede entenderse de varias formas; puede desdoblarse y puede presentar anomalías. Pero aún no tenemos información acerca de si se puede volver hacia atrás. O viajar a través de él.
Algunos creen que la gravedad puede ser un medio por el cual otras dimensiones pueden acceder a esta en la cual vivimos.
Es un tema complejo, y creo que solo Stephen Hawkins y los astrofísicos pueden hablar del mismo con propiedad; pero ayer vi una pelicula (también compleja), basada en este concepto, y una de las protagonista habló acerca de cómo la fuerza del amor trasciende el tiempo y el espacio.
Cómo seguimos amando a personas que ya no están en este plano de existencia, y cómo eso no tiene ninguna utilidad social, sino que se origina fundamentalmente en la idea de permanecer conectados.
Quizás tiene razón, y a través del amor pueda conectarme con otros planos.
Quizás a través del amor, mi papá se comunica conmigo desde aquella otra dimensión para traerme a mi presente la energía y la capacidad de resolver situaciones que, aunque parezcan difíciles, puedo atravesar.
Quizás realmente el amor sea la fuerza más poderosa que existe en el Universo.
Quizás es por eso que aunque esté lejos de todo, sigo sintiéndome cerca.

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