CONSOLACIÓN: SI, HAY QUIENES SUFREN (REALMENTE) MÁS QUE YO.

Cuando uno está triste o está pasando por una mala racha, la gente que se interesa por brindar apoyo emocional, generalmente recurre a la conocida frase: “sabes cuántas personas en el mundo la están pasando peor que vos?” O “sabes que hay gente que se muere de hambre en el mundo?. Esos sí son problemas graves”.

Claro, claro que sí.

Cuando logro salirme de la nube narcisa que me impide ver a los otros, es evidente: mi situación (la actual, o las pasadas o probablemente las futuras), no se compara con cuestiones que están ocurriendole a otras personas en otras partes del mundo, y que son realmente mucho, muchísimo más terribles que la mía.

La última vez que estuve en París – parece el título de una película – la pasé mal. No, no estaba en París, estaba en Roma. Pero no viene al caso, en París también lo he pasado mal.

Vamos, que lo ridículo de la situación es hasta vergonzoso de contar; teniendo la posibilidad de viajar, conocer lugares hermosos, interactuar con diversidad de culturas, etc. etc., decir que la pasé mal en tales circunstancias es grotesco.

Pero la última vez que estuve en Roma aprendí algo muy importante, después de haber mirado una película española en el avión que se llama 100 metros. Triste, pero terriblemente inspiradora.

Cuando pise tierra me propuse firmemente resolver aquella “caótica” situación que me atormentaba, en 100 días. Y lo logre.

Ahora estoy de nuevo en París, después de 8 meses, y saliendo con otra resolución: 120 pulsaciones por minuto.Otra película, esta francesa y terriblemente triste. Pero también, inspiradora.

Tener que estar permanentemente contando los números de tu organismo para saber cuanto tiempo más te queda de vida es aterrador.Tener el privilegio de no contarlos, es más que un privilegio, es una bendición.

Sí, hay personas que la están pasando mucho peor que yo.

Si, mi situación también es importante, pero hasta ahora me despierto todas las mañanas respirando.Y esas respiraciones, esas respiraciones las doy sin dolor, sin esfuerzo, sin enfermedad. Sin hambruna, ni en medio de una guerra, ni escapando de grupos extremistas, ni en un campo de refugiados.

Esas respiraciones las doy en Francia, en Roma, en Buenos Aires, en Corea, en Hong Kong, en donde sea que esté… viva. Viviendo.

Y eso, eso me llena los ojos de lágrimas.

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